jueves, 12 de octubre de 2023

LA ENERGÍA COMO BIEN PÚBLICO

Gopegi, Araba-Álava

Queridas y queridos lectores, este artículo es fruto de una conversación que mantuvimos el pasado mes de septiembre Antonio Turiel, Unai Pascual y servidor en Gopegi, Araba-Álava, donde nos encontramos con motivo de dar una serie de charlas y presentar el último libro de Antonio "Sin energía" (al final se puede ver el vídeo de la presentación en Vitoria-Gasteiz).

Lo que nos propusimos fue analizar desde varios puntos de vista, en especial tras el trabajo publicado en Nature por Unai liderando a decenas de autores internacionales. Cada vez aparecen más propuestas para la creación de empresas públicas de energía y con motivos muy diferentes. En el texto mostramos que el futuro de las empresas públicas de energía es factible, pero para ello es imprescindible romper con las lógicas crecentistas, extractivistas y de acumulación de capital en detrimento de millones de desposeídas y ecosistemas arrasados. Menos aún, permitir que acaben siendo un depósito de activos tóxicos cuando termine de explotar la burbuja renovable.

Antonio Aretxabala

Pamplona, 12 de octubre de 2023

En el año 2015 los líderes mundiales adoptaron un conjunto de objetivos globales para erradicar la pobreza, proteger los ecosistemas que aún siguen funcionando y asegurar la prosperidad para toda la humanidad como parte de una nueva agenda de desarrollo sostenible que culminaría en el año 2030: la Agenda 2030.

Septiembre de 2023 supuso el ecuador del proyecto, y se convocó una reunión que acogió la sede de Naciones Unidas para realizar un gran repaso. Nuevamente los líderes mundiales se reunieron para observar qué se había hecho bien y qué no. Algunos analistas económicos y sociales comentaron que se habían desarrollado apenas un 15% de las metas a alcanzar en el 50% del plazo; la culpa, obviamente, es de la pandemia de covid-19 declarada por la OMS en 2020 y la guerra en Ucrania. Otros, más descarnados, directamente denunciaron una situación peor a la de la casilla de salida, es decir, peor que en 2015.

Superando el ecuador

Como indican numerosos informes internacionales, no hemos conseguido erradicar el avance de la destrucción de la mayoría de los ecosistemas ni la desposesión de las comunidades que los habitan. Tampoco la minería, que irrumpió con fuerza tras el colapso de los mercados de 2008 como pilar fundamental para una transición justa, ha podido ser reconvertida, y de hecho es cada vez más especulativa. Nos propusimos sustituirla por modelos de extracción sostenibles que debían mitigar los impactos ambientales y sociales de manera notable, presentándose como el sector más transversal de los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) y presente desde el primero de ellos u ODS1: la minería y el fin de la pobreza, o el segundo ODS2: la minería y la erradicación del hambre, y así sucesivamente, la minería y la salud, el bienestar, igualdad, trabajo digno, cambio climático, paz, fortalecimiento de las instituciones…

El resultado, por el contrario, ha sido una creciente intensificación de la presión ambiental y social por unidad de actividad económica, tal y como se deduce de los trabajos de autores como William Rees, del Post Carbon Institute, o desde hace años por el International Resource Panel (IRP) del Programa Medioambiental de las Naciones Unidas. Se desmienten así las afirmaciones genéricas de itinerarios de transición ecológica que reposan sobre la idea de lograr un crecimiento verde con el apoyo de programas al estilo Green Deal que, derivado de los 17 ODS, se han puesto en marcha en Europa, especialmente tras la pandemia. Además, se consolida tal contradicción con un hecho bien contrastado del que la minería es la gran protagonista: que la eficiencia del mercado gracias a la tecnología digital (gran consumidora de energía y minerales) ha facilitado el saqueo a las comunidades locales y a sus territorios. Otra manifestación más del efecto rebote o paradoja de Jevons de carácter extractivo.

Cuando nacieron los 17 ODS en septiembre de 2015, áreas extensas del planeta ya habían tenido que ser abandonadas o estaban en declive irreversible. Los valores utilitaristas fomentados por el sistema neoliberal que, a su vez normaliza la visión de la naturaleza como fábrica de materias primas, ha supuesto la hegemonía de un modelo relacional de dominación respecto a la naturaleza con objetivos extractivistas. Este modelo extractivo erosiona el medio que nos sustenta y es incapaz de evitar su destrucción si el beneficio económico depende de que los impactos ambientales sean externalizados a otros lugares y cargados a sus habitantes, incluidos los no humanos, ya que éstos no tienen influencia en las decisiones que determinan la rentabilidad del mercado de materias primas.

Por tanto, un sistema energético que sustente nuestras sociedades termoindustriales exactamente como hasta ahora, pero con muy pocas o sin energías fósiles, basado en modernas tecnologías de captura de energía renovable con un grado de optimización y eficiencia máximo, con una gestión digitalizada y automatizada en su uso gracias a la inteligencia artificial, sería igual de cuestionable a la luz de las experiencias previas. No deberíamos repetir viejos postulados de una sustitución mineral que nunca jamás en la historia se ha dado. El último fracaso, el Proyecto Smart 2020, con la implantación de la automatización, internet de las cosas, industria 4.0 y otros procesos digitales fue pensado bajo la tutela de Merkel y Sarkozy en 2008 para “refundar el capitalismo” tras su último batacazo, pero ya vimos que ninguna de aquellas metas y objetivos de optimización, emisiones, eficiencia ni ahorro se produjo. No obstante, esta vez se va asumiendo una realidad incuestionable: la irrupción de la descentralización en las matrices energéticas como factor novedoso de gestión más eficiente.

Energía pública

Dentro de las posibilidades que se presentaron para enderezar el fracaso manifiesto de Smart 2020 y ahora de la Agenda 2030, que algunas personas vieron venir y que se reflejan en sesudos estudios científicos y sociales, informes del IPCC, IPBES, etc., que puso a prueba la capacidad de cooperación transnacional, se barajaron varias soluciones. Una de ellas fue la creación de empresas públicas de energía. Existen muchos modelos, desde la propiedad completa del Estado, como en Francia, hasta el papel del Estado como accionista minoritario, como en el caso de Italia.

En 2022, la propuesta de Unidas Podemos de crear una empresa pública de energía de carácter estatal fue rechazada por el Congreso de España. No obstante, varias formaciones políticas han seguido trabajando en esa misma línea abriendo la posibilidad de hacerlo a nivel autonómico, local o comunitario con diferentes variedades de participación, incluso público-privada.

La idea parece adecuada y esperanzadora porque podría suponer la ruptura definitiva del viejo régimen de oligopolios político-empresariales y puertas giratorias del sector energético que tanto sangra, especialmente a la ciudadanía. ¿O no? 

Según se dirigían los mandatarios mundiales a la reunión de Nueva York, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció en el Discurso sobre el estado de la Unión un paquete extraordinario de medidas para la industria eólica. La mayoría de los analistas hablan directamente de un rescate. La Unión Europea fijó, con la firma de los Gobiernos de Europa, el objetivo de 420 GW de capacidad eólica en 2030. Sin embargo, la industria eólica nunca se creyó semejante ambición. Las dificultades técnicas en algunos diseños y unas cadenas de suministro que hacía más de un lustro no funcionaban just in time hicieron que la propia industria considerase un riesgo muy real “que la expansión de la energía eólica se iba a hacer en China, no en Europa”.

Por si era poco, los científicos chinos se han vuelto reticentes a seguir explotando a precio de ganga los valiosos recursos geológicos necesarios para nuestra “transición verde” y ahora, ellos mismos nos advierten de que sólo “la prospección geológica intensiva de los depósitos de minerales clave causa un daño extremo al medio ambiente”. Como si de repente se hubieran dado cuenta de lo que en occidente conocemos muy bien.

De momento, las tres cuartas partes del cobalto de nuestros dispositivos digitales y de nuestras infraestructuras de transformación y captación de energías “limpias” –con la ayuda de fondos chinos y capital occidental–, han convertido a la República Democrática del Congo en uno de los países más pobres y esclavistas del mundo (el 74% de su población vive por debajo del umbral de pobreza). No son pocas las voces que intentan frenar semejante injusticia ambiental, pues choca directamente contra los 17 ODS. Pero el mundo permanece indiferente porque al parecer no somos capaces o no queremos ver otra salida que el sueño del crecimiento verde, público o privado.

En un contexto de creciente acumulación de activos tóxicos, la creación de una empresa pública de energía, puede ser vista como una navaja de doble filo. Serviría en cierto modo para reunir aquellos activos tóxicos que van creciendo a golpes por la colisión constante con los límites ecosistémicos, geológicos, termodinámicos y éticos de nuestras sociedades extractivistas y su consiguiente aniquilamiento de vidas y territorios en miles de rincones del Planeta. O, en su caso, el modelo de empresa pública de energía también podría ofrecer palancas interesantes para acompañar una transformación real del modelo energético y así guiar una auténtica revolución verde también desde una perspectiva tecnológica y humanitaria.

El primer caso puede constituir un rescate adicional del sector energético que tiene una gran dosis de responsabilidad en la crisis ecosocial. Este rescate estaría movido por la misma visión del crecimiento y de acumulación de riqueza en las manos que mecen la cuna del sistema neoliberal, pero verde, como el gas y la nuclear desde 2022.

El segundo caso, el que supondría una auténtica transformación o revolución, dependiendo del ritmo y profundidad de los cambios estructurales del sistema económico actual, asumiría la imposibilidad del crecimiento material y energético, ni sostenido ni sostenible, en un planeta que ve cómo se siguen sobrepasando sus límites físicos y sociales. En este segundo caso se pondrían en marcha cuanto antes todas las fórmulas de disminución, optimización, descentralización y decrecimiento controlado previstas en cada vez más estudios e informes científicos, sociales y humanitarios o en documentos tan valiosos como el Dictamen SC/048 del Comité Económico y Social Europeo (CESE) de la UE sobre nuevos modelos económicos sostenibles.

Pero para ello es requisito necesario, aunque no suficiente, romper con las lógicas crecentistas, extractivistas y por supuesto, de acumulación de capital en detrimento de millones de desposeídas y ecosistemas vaciados, arrasados o abandonados, cual infames vertederos. El futuro de las empresas públicas de energía puede ser brillante, por supuesto, pero siempre y cuando la garantía de su funcionalidad pase por que el concepto de sostenibilidad, en todo su prostituido esplendor, recupere su significado esencial: el mantenimiento del equilibrio y las funciones básicas de la naturaleza que ofrecen el soporte vital del sistema socioecológico.

Presentación: "Sin energía. Pequeña guía para el Gran Descenso"
Casa de Cultura Ignacio Aldecoa de Vitoria-Gasteiz
Organización: Araba Bizirik

 

viernes, 15 de septiembre de 2023

CLAVES PARA UNA TRAGEDIA SÍSMICA: MARRUECOS, SEPTIEMBRE DE 2023

PUBLICADO EN NOTICIAS DE NAVARRA
 Marrakech, 9 de septiembre de 2023 tras el terremoto Mw6,8 horas antes. EFE.
 
Queridas y queridos lectores, tras el inesperado terremoto sucedido el pasado 8 de septiembre (9 de septiembre en la Península Ibérica y 8 en Canarias) del que ya se contabilizan miles de heridos, más de 3.000 víctimas mortales y enormes daños y destrucción (Intensidad hasta IX en el área epicentral). Varios medios me contactaron para un análisis preliminar del porqué y el cómo se puede desatar tanta destrucción en apenas 20 segundos. Acompaño este artículo publicado en Diario de Noticias de Navarra  —al que he querido dotar de una perspectiva histórica y social que suele estar ausente de los concienzudos análisis geofísicos—, con algún archivo multimedia proveniente de diferentes aportaciones en medios de comunicación.
 
Antonio Aretxabala
Pamplona, 15 de septiembre de 2023
 
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El terremoto de magnitud momento Mw 6,8 con epicentro a unos 50 km al sur de Marrakech se produjo, sin terremotos premonitorios o avisos, en un área que no conocía estas magnitudes en 500 km a la redonda. Esta imprevisión no es exclusiva de los países que denominamos “en vías de desarrollo”, sucedió, por ejemplo, en Emilia Romagna, con la destrucción de la ciudad patrimonial de Ferrara en 2012 recién estrenada la moderna normativa de construcción sismorresistente italiana de 2004. Muchos de los terremotos históricos no se habían estudiado, simplemente porque los historiadores no fueron llamados a participar en el proyecto. Así desarrolla su tesis Emanuella Guidoboni, historiadora y geóloga en “Il peso economico e sociale dei disastri sismici in Italia negli ultimi 150 anni”, 2012.

En el trasfondo de su investigación está la vergüenza, primero religiosa de admitir haber sido castigados por Dios a causa de tanto vicio y pecado, lo que llevó a las autoridades religiosas a borrar cualquier indicio de catástrofe sísmica ante los reinos vecinos, y más tarde científica, por no haber preparado el medio humano desde unas instituciones con deficiente consideración hacia el impacto de los riesgos naturales o creados por nosotros.

Esa información vital se pierde en el tiempo dando lugar a la subestima del fenómeno sísmico y la exposición de miles o millones de personas a un riesgo evitable. En España y concretamente en Navarra, también lo vivimos, hasta tal punto que, si no fuera por el abnegado trabajo de arqueólogas e historiadoras buceando y repasando miles de manuscritos, no hubiese llegado información valiosísima hasta nuestros días.

El episodio sísmico con colapso de edificios de varios días seguidos, vivido entre Sangüesa y Pamplona en 1612, ha sido desarrollado en un libro de cultos y plegarias por las catástrofes: “El Ayuntamiento de Sangüesa (Navarra) y algunos cultos religiosos” de Juan Cruz Labeaga, 1999. El autor relata un enjambre sísmico que aterrorizó a la población de ambas ciudades. Las autoridades ordenaron dejar de tañer instrumentos, tener relaciones, cantar o celebrar, debían hacer ayuno y acudir a rezar todos los días a la Iglesia de San Salvador de Sangüesa porque la ira de Dios desatada por el pecado y el vicio era mayúscula. En el libro “Arqueología en la catedral de Pamplona. El origen del culto cristiano” de Mª Ángeles Mezquíriz y Mercedes Unzu (2021), Teresa Alzugaray (Anexo III: ruina del templo románico), archivera y paleógrafa del Archivo de Navarra, apunta a una causa para el derrumbe de la seo pamplonesa en la madrugada del 1 de julio del año 1390: un terremoto.

Sin embargo, aún queda mucho trabajo en España, y especialmente en Navarra, para integrar este tipo de investigaciones geohistóricas con el de geólogos, arquitectos o ingenieros. La vergüenza se ha trasladado a la falta de estudios científicos. Si proyectamos los más de dos mil terremotos del área de Lizoain (Navarra) sucedidos a 15 km al este de Pamplona durante el enjambre sísmico de 2020-2021, no hay ninguna falla conocida. Casi nada sabemos sobre sus longitudes y, por lo tanto, de su potencial destructivo. Epicentros sobre nada suena más a ira divina que a tectónica local.

En todos los países las normas se van actualizando en función de la experiencia adquirida en vivencias previas, como en Lorca, que supuso un antes y un después. Nos dimos cuenta de que vivíamos en un territorio con una sismicidad capaz de matar, arruinar el patrimonio y paralizar toda la economía de una comunidad. Fue un shock tan grande que cambió completamente la mentalidad de constructores y centros de investigación. Ahora nos consideramos un país mucho más sísmico que antes de mayo de 2011.

Claves para la destrucción


El terremoto de Marruecos no ha sido profundo, unos 25 km. La intensidad macrosísmica (el daño observado) alcanza IX sobre XII en el área cercana más poblada, hasta V-VI en zonas alrededor de Casablanca y hasta II al sur de Iberia con testimonios en Madrid (IGN) e incluso al sur de Francia (EMSC).

Los edificios, en su mayoría, no son sismorresistentes. No se conocía un impacto de tal calibre en la historia, no se tomaron medidas. Más de 3.000 personas han muerto y miles más han resultado heridas. Las pérdidas serán cuantiosas. Unos 20 minutos después del terremoto principal se produjo la réplica M5,1 (como el de Lorca en 2011). En 1960 un evento M5,8 en Agadir (a unos 250 km al sur) dejó unas 15.000 víctimas en la costa occidental, lejos del área del Atlas. En 1755 se reportan miles de victimas en un lugar lejano más al norte. Esta vez el mecanismo focal (la lectura de las ondas) coincide con una falla inversa E-W probablemente asociada a la Falla Atlas Norte.

A medida que haya más información, incluidas observaciones satelitales, será posible determinar la falla causante y catalogarla. Han deslizado unos 30 x 20 km de corteza con hasta 1,5 m de desgarro en la zona epicentral. Esta vez, cerca de Marrakech se ha superado una aceleración básica del terreno ab>0,5g (la mitad de la gravedad) lo cual supone una aceleración insoportable para las construcciones tradicionales de mampostería, adobe y ladrillo o las modernas de hormigón armado con planta baja libre, una configuración letal extendida por todo el planeta en áreas incluso de sismicidad moderada. En el área epicentral se ha superado ese latigazo en ab> 1g (la aceleración de la gravedad). Los terremotos M>6 sin embargo, sí son comunes al norte de Marruecos en el área del Mediterráneo: el M6,4 en febrero de 2004 o el M6,3 de enero de 2016, frente a Alhucemas, son los más cercanos el en tiempo con cientos de víctimas y miles de heridos. 
 
Detalle del tipo de viviendas tradicionales (mampostería, adobe y ladrillo) que han caído prácticamente al completo. Vista general de Tagadirt el domingo 10/09/2023. Foto: Moeh Atitar

Terremotos catastróficos en Iberia

Muchos medios españoles hablan de que este tipo de terremotos se pueden dar en el S-SE español y es verdad. Aunque mucha gente lo ignore, España fue pionera y referencia en el conocimiento y trato con el fenómeno sísmico. Toda Europa tomó nota de ello tras la reconstrucción de Guatemala y otras ciudades de Centroamérica o de la propia Iberia. Cada vez que se producen este tipo de terremotos inesperados como el de Marruecos, los medios de comunicación y los científicos se vuelcan en si puede pasar algo así en España. La mayoría recuerdan lo sucedido en Torrevieja en 1829 o en Arenas de Rey en 1884, ambos eventos estarían por encima de M6,5. Sin embargo, poco se habla del norte o de Pirineos, aunque por aquí también hubo terremotos M6-7, el último hace casi 300 años.

En el norte, no pocas comunidades trazaron sus destinos tras vivir el impacto de lo que se consideró de origen divino, luego eléctrico (como las tormentas), más tarde por el fuego interno (con Julio Verne alcanza su cenit) y finalmente tectónico y también climático o inducido, sirviendo de ayuda a las generaciones futuras y a otras comunidades que, en algún momento, sufrieron el impacto sísmico.
 
En efecto, la zona de los Pirineos también es vulnerable, aunque en menor medida que el sur, en los últimos 600 años ha vivido una docena de terremotos de intensidad superior a VIII. Así, en el año 1428, unas 800 personas murieron tras un terremoto de intensidad IX-X que destruyó Queralbs (Girona). Hace casi tres siglos que en el área pirenaica no se viven terremotos catastróficos. Ello contribuyó a la amnesia sísmica española. Algunos escritores han utilizado estos fenómenos catastróficos reales para contextualizar sus novelas, como en “La Catedral del Mar” de Ildefonso Falcones o nuestra premiada escritora Fátima Frutos, que desarrolla el impacto humano de los terremotos en El Salvador con “La selva bajo mi piel”.

Las comunidades que no le dieron importancia al fenómeno sísmico quedan heridas por años, por décadas, a veces para siempre.
 
Claves para una tragedia sísmica Marruecos, septiembre de 2023
 
Un terremoto inesperado. Navarra Televisión

lunes, 10 de julio de 2023

UN SIGLO DEL TERREMOTO DEL 10 DE JULIO DE 1923. ¿ESTABA HEMINGWAY DE RESACA?

 

PUBLICADO EN DIARIO DE NOTICIAS DE NAVARRA

El terremoto de Martes (Huesca) del día 10 de julio 1923 afectó a todo el cuadrante nordeste de España y sur de Francia, alcanzó una intensidad destructiva de VIII. En rojo pueden verse las isosistas de V a VIII, en naranja IV, III en amarillo y en amarillo claro II.

Ha pasado un siglo desde que una crónica sanferminera recogiera el impacto en Pamplona de un terremoto que alcanzó intensidad VIII en el área epicentral, a la cola del embalse de Yesa, entre Martes y Artieda. Aquel 10 de julio de 1923, a las 5 horas y 31 minutos de la madrugada, se inició un período sísmico que se alargó hasta 1925. Según los datos recogidos por el ingeniero y geógrafo Don Alfonso Rey Pastor, que era director de la Estación Central de Toledo, el número total de sacudidas durante 1923 fue de 189.

Un terremoto que cambió la ciencia sísmica del Pirineo

El terremoto de Martes del 10 de julio de 1923 fue sentido en todo el cuarto nororiental de la Península Ibérica, desde Cantabria hasta Cataluña y desde el sur de Francia hasta Valencia y Madrid con diferentes intensidades. Como Richter (1900) aún era muy joven y estaba preparando su famosa escala energética basada en la magnitud (tenía 23 años), la magnitud del evento fue variando durante los siglos XX y XXI con las sucesivas revisiones del primitivo registro, variando éstas desde M5,4 hasta M6,0. En esa época se utilizaba la escala de intensidad de Mercalli. A Pamplona se le adjudicó una intensidad de IV-V, similar a la vivida la madrugada del 10 de marzo de 1903 o más recientemente la famosa noche de los terremotos del 1 de octubre de 2020. En San Sebastián por un efecto local llegó a V, como en Huesca. En Girona y Barcelona IV, como en Perpiñán, Logroño o Zaragoza.

Este terremoto cambió completamente la percepción del medio que nos sustenta y poco a poco fue estudiándose la geología prepirenaica a la par que el nuevo producto tecnológico más impactante de todos los tiempos se imponía en el mundo de la construcción mundial hasta pasar del 2% en 1923, al 80% del peso de todas las cosas tecnológicas inventadas por el ser humano en 2020, incluyendo plásticos, metales, vidrio, asfalto o ladrillos: hablamos del hormigón armado. Su acelerada implantación a nivel planetario vino acompañada de lo que más tarde se consolidaría como las normas de construcción sismorresistentes que tan satisfactoriamente aplicamos en Navarra.

Prueba de ello fue Pamplona y la resistencia de nuestros edificios ante una aceleración del terreno de 0,16g (g es la aceleración de la gravedad) el 10 de marzo de 2017 poco antes de las ocho de la mañana, provocada por un terremoto de intensidad VI con epicentro en Olave. Pamplona se ha venido construyendo desde 1968 aplicando una cuarta parte (0,04g a partir de 2002). Precisamente en 1923 se construía lo que seguramente sería el primer edificio de hormigón armado de Iruña-Pamplona: la Plaza de Toros.

Pamplona en las fiestas de San Fermín de 1923


El terremoto conmocionó a las personas que lo vivieron y que, además acompañó a los sanfermines de aquel año entre sustos y juergas. El entonces alcalde de Iruña escribió la siguiente crónica cuando aún no había datos de la magnitud del evento. Se trata de la única crónica de los sanfermines que incluye un fenómeno sísmico:

"Crónica sanferminera, 10 de julio de 1923.
Terremoto: a las cinco y media de la mañana del día 10, mientras las dianas desfilaban por la ciudad, se produjo un importante temblor de tierra que causó gran alarma entre la población. Se desconoce su intensidad, pero sirva como dato que su epicentro debió de estar situado entre Burgui, Castillonuevo, Tiermas y Salvatierra de Esca (en las inmediaciones de la foz de Sigües); y que en Burgui se desplomó un corral, en Castillonuevo una casa, y en Tiermas cayó la torre de la iglesia". Don Joaquín Iñarra, Alcalde de Pamplona (10 de julio de 1923).

Entre el amplio grupo de forasteros llegados a una Pamplona, cuyas fiestas ya tenían una proyección internacional, había un joven matrimonio de nacionalidad estadounidense que vivían en París. Él era periodista y acudía a Pamplona para cubrir nuestras fiestas desde el semanario canadiense Toronto Star. Se llamaba Ernest Hemingway, un forastero más; pero un forastero a quien el destino le tenía preparado convertirse en uno de los personajes emblemáticos de los sanfermines de todos los tiempos.

Al periodista parece que le gustó, y le enganchó. No se han encontrado referencias en sus artículos ni en sus cartas a aquel evento del que todo el mundo habló al menos hasta 1925 que cesaron las réplicas, ¿estaría Ernest de resaca? El propio director de la Estación Central de Toledo escribió sobre los días posteriores:

"... Las noticias publicadas por la Prensa al día siguiente pusieron de manifiesto la extensión del área de conmoción, que abarcó en España toda la región del NE., llegó por el S. hasta la provincia de Madrid y comprendió también buena parte del mediodía de Francia. Los epígrafes de los telegramas comunicados por los periódicos anunciaban los grandes daños sufridos en gran número de pueblos de las provincias de Huesca y Zaragoza, la aparición de agrietamientos en el suelo, salida de llamaradas por los mismos, incendio de montes, etc., etc., dando por seguro la aparición inminente de un volcán...".

Alfonso Rey Pastor recopiló información años después de sus trabajos de campo y de las entrevistas a los testigos, poniendo de manifiesto las deformaciones del terreno previas a que se desatara el fenómeno sísmico en la zona: 

“… Observaron varios vecinos un cambio lento en la fisonomía de la zona, hasta el punto de cesar la visualidad del pueblo de Sada desde la carretera […]. Otro punto muy interesante en este sismo ha sido la relación de los fenómenos meteorológicos y los sísmicos. Dos o tres días antes del sismo principal algunos dijeron que ya habían visto resplandores en la Sierra de Orba…”.

El científico lo achacó a la explosión de gases emanados desde el subsuelo al coincidir “el movimiento epirogénico” con descargas eléctricas de las fuertes tormentas de aquellos días que, entre otras cosas, dejaron aislados a varios pueblos en Navarra y Aragón a causa de los deslizamientos provocados por el terremoto principal, las réplicas y las fuertes tormentas.

Mucho hemos avanzado desde entonces, pero mucho más deberemos avanzar. Aquella ciudad de ladrillos, piedra y madera de 33.000 habitantes se ha multiplicado por más de diez y muchas de las zonas conquistadas durante el siglo XX por el hormigón armado —un producto que permitió diseños muy audaces, pero con obsolescencia programada y al que apenas se le otorga un siglo de vida—, se han domesticado en un suspiro en la escala geológica. Ahora, al menos lo sabemos.

 
Dedicado a D. Alfonso Rey Pastor, cuyos trabajos sobre la sismicidad del norte de la Península Ibérica, a principios y mediados del siglo XX, cambiaron para siempre la percepción del medio que nos sustenta.

Reportaje sobre el Terremoto del 10 de julio de 1923

 Berdún, Yesa, Sangüesa y la sismicidad olvidada

Sismicidad en el norte de Iberia

Amnesia Sísmica