lunes, 16 de septiembre de 2019

INUNDACIONES, CATÁSTROFES NATURALES O DESASTRES FINANCIEROS ¿QUÉ ES PEOR?

CATÁSTROFE NACIONAL ESCALA 517


Artículo 47 de la Constitución española: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.  

En España hay unos 27 millones de viviendas, cerca de 50.000 están en zonas susceptibles de ser inundadas, sin embargo las pendientes de resoluciones hipotecarias o bajo la espada de Damocles de los desahucios se cuentan por cientos de miles.

El mayor grado de inseguridad en los hogares españoles ya no se debe a desastres naturales, terremotos o inundaciones; cuando acabe 2019 cerca de 400.000 desahucios se habrán consumado en España desde que la crisis fabricada a base de especulación reventó las expectativas de millones de ciudadanos.




Queridos seguidores, tras los comentarios recibidos por la publicación de mi último artículo "llanuras de inundación: planificando una retirada no una derrota" y la entrevista publicada en eldiario.es en ese mismo sentido de remarcar la radicalidad de las acciones que como sociedad vamos a tener que llevar a cabo, tanto si nos gusta como si no, hay quienes opinan que la virulencia y frecuencia creciente de los eventos extremos no estaría justificada. Por ello decidí publicar esta pequeña explicación en una red social que ayudaría a ver la dificultad de ser tajantes con respecto a afirmar si los eventos extremos que vivimos son debidos o no al calentamiento global. No obstante creo que una retirada de las áreas conquistadas de manera irracional, como comentaba en el artículo, es la única solución práctica e inteligente, por muy radical que parezca.

Obviamente hay opiniones para todos los gustos e incluso salieron a relucir las declaraciones de José Antonio Maldonado. Nuestro admirado meteorólogo tiene razón en lo que concierne al fenómeno atmosférico, siempre ha habido gotas frías, nadie lo niega. Desde su punto de vista estaría por demostrar que se trate de un efecto del cambio climático, por lo tanto está por demostrar que no lo es.

Lo que sí está demostrado es que las frecuencias de estos eventos extremos son mayores y también que el gradiente y por tanto la oscilación del chorro de aire que provoca la gota fría que comento de una manera asequible para el gran público en esa red social, también ha cambiado en amplitud. Ahora viene la cuestión urbanística, la que tratamos en el artículo referenciado arriba y en la entrevista de eldiario.es. Es precisamente la cuestión más importante porque hemos conquistado y nos hemos apropiado de espacios que apenas conocemos, pero menos aún podemos controlar. Por eso mi artículo iba encaminado a hacer una introspección sobre cuál o cuáles fueron las circunstancias que nos empujaron a especular con el territorio y acabar sucumbiendo ante la fuerza del agua y la explosión de las burbujas especulativas.

La mentalidad especulativa y de corto plazo, no permite el desarrollo de grandes proyectos ni sociales ni empresariales. Además empobrece a los individuos y a la sociedad, ejemplos históricos hay muchos. Cada vez que nos enfrentamos a los efectos del último desastre, se estudian, testifican y publican siempre un mismo conjunto de pésimas configuraciones en lo referente al diseño de edificios, distribución del territorio, y falta de estudios de carácter geotécnico o de riesgo, pero desde que esto se viene haciendo, sistemática y reiterativamente vuelven a aparecer en los siguientes eventos los mismos fallos denunciados meses o años antes.

Una catástrofe no natural

A pesar de la gravedad de los acontecimientos por la gota fría vivida en septiembre de 2019 en España, como complemento tenemos que contrastar lo sucedido con lo que sí es una auténtica catástrofe nacional y además permanente, y no, no es natural. Desde el inicio de esta crisis —que nunca va a terminar, dado que las TRE de todas las fuentes de suministro son inevitablemente decrecientes— y tras la caída de Lehman Brothers en 2008, los científicos y técnicos que trabajamos en prevención y gestión de riesgos naturales, observamos cómo las mayores pérdidas de viviendas y entornos urbanos sanos en el Estado no son debidas a desastres naturales como terremotos, inundaciones o deslizamientos de tierras, sino a desastres financieros, en especial las debidas a los desahucios, inevitable final para y por la especulación con el suelo que nos sustenta.


CGPJ: en España hubo casi 60.000 desahucios en 2018

El CGPJ ha confirmado en un informe que en España hubo casi 60.000 desahucios en el año 2018. La pobreza creciente tiene más que ver con cuestiones de gestión que con las anunciadas e inevitables caídas de las TRE. 

La especulación con el territorio impulsa a urbanizar lugares que nunca antes fueron objeto de deseo urbanístico por su vulnerabilidad, además produce burbujas; las burbujas siempre explotan y también se llevan por delante las viviendas de los ciudadanos, pero se las llevan en una medida cuantitativa que supera con creces las debidas a terremotos, inundaciones y otras catástrofes llamadas naturales.

El sentir de impotencia es manifiesto en el colectivo que trabajamos en la prevención y gestión de desastres naturales (o no tanto), ya que a los realmente importantes, los desastres financieros, deberemos sumar los casos de explícita falta de previsión urbanística y energética. Las cifras son escalofriantes, hablamos de más de 160 desahucios diarios.

La crudeza de los números

No es fácil encontrar datos que indiquen la cantidad de vivienda abandonada por catástrofes naturales, normalmente el consorcio de seguros o las aseguradoras ofrecen cifras económicas. Sin embargo el IGN ha publicado esta ficha que abarca desde 1953 hasta 2007 desarrollada por el CRED y que nos indica que en esos 54 años hubo unas 6.000 pérdidas del hogar por causa de las inundaciones, algo más de 110 al año. Está claro que las cifras y las medias bailan de un año a otro y que la fiabilidad es muy relativa, pero hablar de un problema de abandono de los hogares de 60.000 al año por desahucios, frente a 110 por inundaciones da una idea del problema que quiero reflejar.

En España hay unos 27 millones de viviendas, cerca de 50.000 están en zonas susceptibles de ser inundadas, sin embargo las pendientes de resoluciones hipotecarias o bajo la espada de Damocles de los desahucios se cuentan por cientos de miles.

Ficha del CRED: desde 1953 hasta 2007 hubo unas 6000 pérdidas del hogar por causa de las inundaciones.

Con motivo de las inundaciones de septiembre de 2019 en el levante español, el Gobierno de España envió aproximadamente 1.100 militares de los tres ejércitos y de la UME a la zona, fueron desplegados por la Vega Baja y Murcia para reforzar las labores de recuperación y rescate. A pesar de que la especulación y la derivada pobreza que acarrea para las comunidades es manifiestamente de una magnitud mucho mayor, aún estamos esperando la movilización de medios y efectivos para atajar tamaña sangría.

La especulación no es ilícita, pero las leyes del suelo reglan medidas para impedirla y facilitar la efectividad del derecho de acceso a una vivienda, "segura y digna". El mayor grado de inseguridad en los hogares españoles ya no se debe a desastres naturales, terremotos o inundaciones; cuando acabe 2019 cerca de 400.000 desahucios se habrán consumado en España desde que la crisis fabricada a base de especulación reventó las expectativas de millones de ciudadanos.

La primera Ley del Suelo que intentó frenar esta práctica data de 1956, luego vino la de 1975, siguiendo por las de 1990, 1998 y 2007, todas se marcaron como objetivo regular medidas para impedir la especulación. Hoy a la luz del artículo 47 de nuestra Constitución podemos presumir de ello sobre el papel:

“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada". Además nos obliga a articular herramientas para contener la especulación, sigue: "Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

Como vemos el objetivo a cumplir está cada día, cada mes, cada año y cada década más lejos.

El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) precisa en un informe, que desde el inicio de la crisis económica hasta 2018 se han efectuado 350.000 ejecuciones hipotecarias en España. Las estadísticas indican que un 34% de los suicidios que se producen son por causa de los desahucios. Cerca de 6.000 de las 18.000 personas que desde 2007 decidieron acabar con su propia vida, unas 500 al año. Siguiendo con los datos del CRED cada año morirían 23 personas a causa de las inundaciones. Por cada víctima debida a esas catástrofes climáticas, 21 personas deciden quitarse la vida a causa de esa catástrofe financiera derivada de la especulación con el territorio, algo que ni la Constitución ni las sucesivas leyes del suelo son capaces de contener.

sábado, 14 de septiembre de 2019

LLANURAS DE INUNDACIÓN: PLANIFICANDO UNA RETIRADA, NO UNA DERROTA

Imagen tomada por el helicóptero de la Dirección General de Emergencias en Los Alcázares, Murcia y publicada en eldiario.es

Queridos lectores, los grandes medios de comunicación se van acercando a escuchar y divulgar nuestras observaciones y propuestas más radicales, algunas de las cuales fueron denostadas, tratadas como marginales, sometidas a críticas violentas e incluso motivo de represalias, pero siguen siendo las únicas efectivas y resilientes, quizás precisamente por su radicalidad. Lo venimos haciendo hace años desde la idea de que nuestra relación con el medio que nos da la vida no es una guerra. El medio humano y el medio natural no pueden acabar destruyéndose mutuamente. Simplemente debemos reconocer que nos estamos adaptando. 

1. Siempre caemos en los mismos errores, una y otra vez.

Podemos seguir perdiendo vidas y miles de millones de euros para continuar jugando a ser dioses. O podemos planificar una retirada reflexiva, práctica e inteligente y volver a tener una relación circular con el medio que garantiza nuestra propia existencia.

Uno de los aspectos que más me interesa y le he comentado estos días a varios periodistas es nuestra disposición psicológica a caer una y otra vez en los mismos errores de planificación; lo hecho hecho está, poca solución tiene en el nuevo contexto de caos climático. Sin embargo las nuevas decisiones urbanísticas o de proyección de grandes infraestructuras arrastran impulsos de una mentalidad de declaración de guerra, de pulso constante, sabiendo de antemano que siempre vamos a perder. Hemos dejado un reguero de obras inservibles que nos han costado una barbaridad y que apenas podemos mantener, entre ellas hay algunas bombas de relojería.

He querido profundizar en el porqué elegimos jugar a la guerra con la naturaleza y qué factor nos hizo creer que íbamos a estar siempre manteniendo a raya a un medio que hemos conquistado, del que nos hemos apropiado, pero al que apenas conocemos y menos aún podemos controlar: los combustibles fósiles abundantes y baratos casi nos hacen dioses. Pero todo recurso no renovable es finito y toda tecnología de extracción limitada.

2. ¿Por qué hemos conquistado las llanuras de inundación? ¿Qué nos empujó a ello?

El ser humano comenzó a invadir de manera permanente las riberas de los ríos muy recientemente. Confió en que la modificación, conquista e incluso la destrucción de las mismas iba a tener resultados tan duraderos como los deseados. No sabemos si ese momento apareció de manera repentina o si lo hizo progresivamente ya que varía de unas sociedades a otras; no obstante su generalización fue porque alguna disposición especial le impulsó a hacerlo, pues ese paso se da desde una mentalidad que no siempre se manifestó dominante.

Las riberas como terrenos fértiles fueron áreas productivas de una equilibrada relación cultural con el agua, no utilitarista, menos aún economicista. El respeto a la descomunal fuerza vital y modificadora del agua se basaba en el reconocimiento y admiración hacia el vigor de un elemento natural que esculpió la superficie habitada, los paisajes, y que aunque muchas generaciones no lo presenciasen, se sabía de su fuerza y vehemencia a través de la cultura popular, del legado del folclore o por testimonios directos de familiares o vecinos. 

Arrebatar sus áreas de expansión como las llanuras de inundación, la primera línea de costa o los mismos cauces, desviándolos y modificándolos, se hacía desde el convencimiento de su temporalidad, por lo que nunca se produjo una invasión con pretensiones de apropiación, sino una relación circular de avance y retroceso con un gesto y una expresión rítmica y armónica al son de los movimientos de los propios cursos fluviales o la mar, algo que el ser humano sabía interpretar y además admirar. Por ello hasta bien entrada la era industrial no se acometieron las complejas infraestructuras que acompañan a las nuevas expectativas de dominio. Hoy en esa danza rítmica secular nos disponemos para el próximo compás: toca un paso hacia atrás.

3. ¿Dioses?

La revolución industrial introdujo un cambio, rompió nuestra relación circular con la energía del medio y con el propio territorio al introducir un excedente de energía no renovable que casi rozó el 90%. El son de los movimientos del agua dejó de dirigir la orquesta del desarrollo humano y pasó a manos de la ciudad capitalista como unidad estructural de la era industrial y tecnológica basada en la quema de combustibles fósiles, tal cual la conoce nuestra generación.

Aquella relación o economía circular que acompañó a los seres humanos que nos precedieron el 96% de nuestra historia (escrita) y a la que irremediablemente estamos volviendo nos guste o no, estaba basada en la energía del aire y en la solar que alimentaba a las plantas, éstas a los músculos de los animales, a los nuestros, a la madera, el carbón vegetal, la cera, el aceite de ballena o la construcción de saltos hidroeléctricos... También era el motor principal de los propios ríos y además, por definición, su movimiento circular siempre la devolvía al medio para una y otra vez recargarse y renovarse en forma de energía potencial, biota o fertilizante.

Sin embargo ese ciclo ha vivido una anomalía con una ruptura descomunal favorecida por la entrada de ingentes cantidades de energía no renovable en la producción, en la economía y en la cotidianeidad, y lo ha hecho por primera vez en nuestra historia, pero tan sólo unos 200 de los 5000 años de historia (escrita) de nuestras relaciones, tanto entre nosotros como con nuestro entorno. 

Y toda anomalía por definición tiene un fin. La entrada masiva de los combustibles fósiles rompe el círculo, se trata de energía solar enterrada, cocida y fosilizada hace millones de años y devuelta a coste cero. Supone además que a estas alturas cada año quemamos unos dos millones de años del trabajo realizado por la tectónica de placas. Un regalo que nunca mejor fue llamado “oro negro”. Pero el problema es que todo recurso no renovable tiene un final y toda tecnología para acceder a él un límite, por ello el crecimiento económico también y la modificación del entorno del que destacaremos un aspecto: su “mantenimiento a raya” a base de un recurso que supuso ser un regalo temporal, sufre el mismo declive.

A pesar del descenso inevitable de todo recurso no renovable, un porcentaje cada vez mayor de ese flujo de energía decreciente (con una caída de entre un 3% y un 6% anual) se tiene que desviar al mantenimiento de grandes infraestructuras o espacios urbanos inadecuados que se proyectaron o construyeron cuando las condiciones ambientales, económicas y territoriales se consideraron “no extraordinarias” ya que tanto los espacios como las pretensiones de funcionalidad fueron conquistados y ejecutados en los inicios o auge de la era fosilista, entonces la orgía de la energía para su creación, construcción y mantenimiento era abundante y barata y parecía no tener fin. Uno de esos casos que hoy pasa factura es la conquista y urbanización permanente de un órgano de los cursos fluviales: la llanura de inundación.

4. Una retirada no es una derrota 

El "Informe mundial sobre Desarrollo de los Recursos Hídricos 2019. No dejar a nadie atrás" (UNESCO) advierte que de mantenerse el ritmo actual de degradación del medio ambiente natural y presiones insostenibles sobre los recursos hídricos mundiales estará en riesgo para 2050 el 45% del PIB global, el 52% de la población mundial y el 40% de la producción de cereales.

En el sur de Europa vivimos varias de las comunidades más expuestas del planeta, puesto que las políticas hídricas en la península más afectada de Europa por la desertización debida al cambio climático y al declive de la energía que sustentaba la agricultura intensiva, fueron proyectadas desde una mentalidad de conquista y apropiación de territorios, costas, vegas, llanuras de inundación o cursos fluviales, una mentalidad hoy patológica abocada al recuerdo.

Las consecuencias de aquello siguen siendo nefastas porque el auzolan no consigue entrar en las mentes esculpidas y formadas en aquel mundo en constante expansión y crecimiento, fueron moldeadas con la modernidad industrial, ahora vivimos en un mundo encaminado a la inapelable descomplejización, fenómeno social que incluso provoca berrinches y un rechazo irracional e incluso violento. Meterse en callejones sin salida que habrá que desandar como sociedad, con el costoso gasto de energía adicional que ello conlleva, es un peligro que parece inevitable.

Pero aún más peligroso será el enorme descontento y frustración social tras el irreversible abandono de aquellas zonas que un día fueron forzadas a ser habitadas de manera irracional, cuanto antes lo asimilemos mejor. No perdamos de vista que seguir ocultando la realidad es caldo de cultivo para legitimar la vuelta de regímenes extremistas con la falsa promesa de volver a un pasado lleno de optimismo, aunque ello conlleve la privación de los recursos más básicos o de derechos humanos elementales para amplias masas de la ciudadanía. El cambio climático es nuestro problema, no el de generaciones futuras.

La práctica de la autoprotección por los componentes de un grupo social, además de favorecer a cada uno de ellos, genera la seguridad del colectivo: de aquí su importancia y necesidad de proyección a la comunidad a través de programas educativos serios y creíbles, nuestro auzolan está siendo y será la mejor solución tecnológica a los retos futuros. Los medios de comunicación de masas pueden hacer mucho más. Entre otras cosas promocionar esta propuesta pedagógica que tan buenos resultados ofrece, algo que repercute también para su propio bien, pues al fin y al cabo son personas que pueden ser afectadas quienes cubren esta información. 

En ocasiones, las circunstancias difíciles o los traumas, permiten desarrollar recursos que se encontraban latentes y que la propia comunidad desconocía hasta el momento. Es lo que estamos haciendo aflorar con este tipo de participaciones desde diferentes puntos de vista y a partir de planteamientos más humanos de supervivencia, pero en contraposición a los eternos discursos políticos que se siguen mostrando estériles y de los que nunca faltarán las propuestas irracionales como la limpieza de los cauces o su encañonamiento. También el trabajo debe ser a pie de obra, de colegio, de instituto, de universidad: desarrollar e impulsar por un sector de los técnicos que trabajamos en desastres naturales esta filosofía traerá muchos beneficios humanos, sociales y ahorro económico.

El reciente trabajo “El caso del retiro climático estratégico y gestionado” presentado en agosto de 2019 y publicado en Science por varios investigadores de diversas universidades y centros de investigación climática liderados por AR Siders, insta a las poblaciones a una retirada de las áreas irracionalmente conquistadas, vista ésta no como una derrota sino como un avance. Insta a las comunidades y gobiernos a reconceptualizar el retiro como parte del conjunto de herramientas utilizadas para lograr los objetivos sociales deseados.

No son los únicos expertos que apuntan en esa dirección, estas propuestas cada vez más profusas se adelantan a aquellas que se están instaurando por la fuerza, porque no queda más remedio, pero lo hacen tras las enormes desgracias humanas, económicas y sociales que no fueron ni son tan difíciles de prever. Una sexta extinción masiva no parece muy atractiva. Las comunidades y los estados obtienen así opciones de adaptación adicionales y una mejor oportunidad de elegir las acciones más eficientes para ayudar a sus comunidades a prosperar.

Hemos preparado algunas áreas de manera consciente y artificial para encajar nuevos impactos, pues zonas que siempre fueron fértiles llanuras de inundación hoy se han convertido en paisajes urbanos en los que se ha cambiado el uso, pero no se ha apaciguado o anulado la dinámica natural que la acompaña, muy al contrario ésta se ha vuelto más extrema con el caos climático. Posiblemente si la arrogancia de algún ser humano pudiera, la intentaría cambiar. Pero la energía abundante y barata que rubricó aquellos desafíos constructivos y de mantenimiento futuro era limitada, no renovable, hoy decae sin solución técnica a la vista. 

Existen disposiciones locales e incluso leyes, como la Ley del Suelo de 2008 que garantizan la seguridad frente a fenómenos adversos, pero está claro una vez más que la Ley del Suelo va por un lado, la especulación por otro y la realidad constructiva y la planificación por otro diferente. El resultado es catastrófico.

Archena, viernes 13 de septiembre de 2019. Fuente: Ayuntamiento de Archena

jueves, 18 de julio de 2019

LA CAÍDA ANUNCIADA DEL CAPITALISMO FOSILISTA

 Libre Pensamiento. Invierno de 2018-2019. Nº97.

Queridos lectores, en numerosas ocasiones he comentado con allegados y otros científicos y humanistas que participan en el análisis y diagnóstico del acelerado cambio o transición justa o no, ecológica o no, que nos ha tocado vivir, que nuestra labor divulgativa debería ir encaminada también hacia las personas que normalmente denominamos conservadoras o más familiarmente "de derechas". Por ello hace algunos años, además  de en "nuestras parroquias" buscamos marcos de encuentro en sus entornos e hicimos, con muy buena voluntad, nuestras aportaciones en medios como ABC, Vocento, El Mundo, Cadena COPE, El Confidencial, etc.

Ese fue mi caso (y el de otros compañeros) en los inicios de la divulgación sobre el Peak Oil o pico del petróleo y sus consecuencias, el pico de todas las cosas (Peak Everything) el auge de las extracciones no convencionales como el fracking, el colapso de nuestra organización social por sectores, el declive de los recursos, la imposibilidad de garantizar la estabilidad de grandes obras e infraestructuras desmesuradas necesitadas de ingentes cantidades de energía para poder ser mantenidas a raya o la imposibilidad del crecimiento económico infinito como santo y seña de todo el espectro político. En definitiva, comunicábamos detalles sobre el decrecimiento innegociable al que estamos abocados y la transición energética que ha comenzado, además del caos climático derivado de nuestras desmesuras y su impacto ineconómico

También con el tiempo nos dimos cuenta de que más o menos a regañadientes, el mensaje sin edulcorar, a primera vista agorero e incluso apocalíptico, se filtraba por varias fases hasta la total aceptación de LA CRUDA REALIDAD, desde la negación, el descrédito a quienes lo transmitimos e incluso la crítica violenta. Matar al mensajero —como en mi caso— fue algo habitual, lo conozco bien, sobre todo desde que directa o indirectamente expliqué estas cosas en parlamentos y comisiones varias, y sobre todo desde las bancadas populares y socialistas casi siempre dominantes.

Sin  embargo asistimos simultáneamente a reacciones algo inesperadas que nos llevaron a un tiempo de debate apasionante:

Por un lado las denominadas derechas interiorizaron el mensaje y tomaron medidas a su manera, la de siempre. Prepararse como élite ante los acontecimientos ha sido su previsible apuesta, la desigualdad social creciente y la exclusión de cada vez más y más ciudadanas parece parte de su agenda. Un análisis más profundo nos llevó también a evaluar si los actuales auges del fascismo y el desplazamiento del espectro político al completo hacia la ultraderecha no eran sino maniobras deliberadas para afrontar a esa "su manera" el declive del capitalismo fosilista.

El caso es que en el otro lado, a la denominada izquierda y asociaciones y grupos de sensibilidad progresista, nuestro mensaje creíamos, se daba por comprendido y por lo tanto en la agenda de sus programas lo abarcarían consecuentemente con planteamientos de igualdad y hasta un decrecimiento pilotado. Ese fue un gran error por nuestra parte. El auge de partidos como Podemos y algunas confluencias periféricas o las reacciones en el seno de algunos sindicatos con frases como "hablar de decrecimiento no es sexy", "eso nos quita votos", y cosas por el estilo nos pusieron en la pista de la falta de percepción por parte de las izquierdas del problema del declive global, menos aún la voluntad de tomar medida alguna para garantizar, o al menos intentar, una transición justa.

El mayor obstáculo resultó ser el de siempre: la capacidad de asombro y admiración de las izquierdas hacia las derechas, pues aunque esté injustificado por sus movimientos iatrogénicos y ecocidas, además del aumento de la pobreza, la desigualdad y la exclusión, aún son capaces de sacar pecho y presumir de aquellos días de vino y rosas apuntalados por el crecimiento económico que parecía infinito; pero también era flor de un día por estar basado en la siempre creciente inyección de energía barata, versátil y muy abundante al sistema: la quema cada vez más salvaje de combustibles fósiles y el derivado crecimiento tóxico de cada vez más desechos que los ecosistemas no pueden absorber.

Eso se acabó, las caídas de las TRE fósiles reducen la energía neta que llega al sistema imposibilitando el crecimiento pero aumentando de manera alarmante la toxicidad del medio, el caos climático, la muerte de miles de especies y socavando el medio que garantiza nuestra propia existencia, las bases mismas de la vida. Y en este embrollo que ya no es advertencia y previsión como cuando empezamos, sino portada diaria de medios de comunicación más o menos fiables, las izquierdas se ven incapaces de enfrentarse a esa cruda realidad con las armas de la igualdad, la generosidad, el apoyo mutuo o la cooperación de que históricamente hicieron gala.

Han sustituido sus discursos y programas por esperanzas de crecimiento, si cabe menos acelerado, pero crecimiento al fin y al cabo, basado en un sueño injustificado y mil veces demostrado imposible de abundancia de energías renovables, coches eléctricos para todas o transporte de mercancías y personas de manera electrificada, pero sobre todo con la continuidad de un individualismo de smartphone cada vez más eficiente y con menú del día, un urbanismo bulldozer pero eléctrico, patinetes, bicicletas, la revolución del 5G, huertos urbanos súper fértiles y mucho verde por doquier en un oxímoron de "desarrollo sostenible" e incluso "crecimiento sostenible" copia-pega de los discursos más cínicos del neoliberalismo más dañino y destructor. Algo que sólo será accesible a una élite y viene acompañado irremediablemente de la überización económica y la era Glovo.

Así que ahora nuestros esfuerzos vuelven al inicio. Hemos facilitado el diagnóstico o la certeza del mismo, que por cierto ya conocían de sobra las tendencias más conservadoras, y se lo hemos reafirmado, recordemos que "The Limits To Growth" lleva sobre las mesas y los despachos de los Think Tank desde 1972. Sin embargo las izquierdas parecen seguir durmiendo y no se vislumbra en el horizonte de sus programas ninguna maniobra acorde con los tiempos que nos toca vivir y con un espíritu de igualdad y justicia, ni siquiera un mensaje que hable de decrecimiento controlado, ni siquiera de una crisis sistémica imparable pero modulable, una crisis ecológica, económica, social, individual que ninguna tecnología ni industria 4.0, ni internet de las cosas va a poder atajar.

Vamos a decrecer, nos guste o no, es más, ya lo estamos haciendo. Teníamos dos posibilidades: el hacerlo por las buenas (asumiendo y conduciendo de manera justa y equitativa el declive) o el hacerlo por las malas (conflictos, fascismo, ecofascismo, neofeudalismo, exclusión, desigualdad y pobreza e incluso guerras). De momento hemos escogido la segunda opción. Está en nuestras manos frenar a las tendencias más reaccionarias, parar un momento, ponernos a pensar, dejar el veneno de la caja tonta y tomar las riendas de nuestro destino, que puede ser brillante sí, además de una gran oportunidad colectiva e individual.

Antonio Aretxabala
Piedras Blancas, Asturias
18 de julio de 2019


Resumen

El colapso del capitalismo global basado en la abundancia de combustible fósil accesible y barato muestra los primeros estertores de su agonía final. Esa anomalía de tan solo los últimos doscientos años de nuestra historia de la humanidad toca a su fin, así que toca preguntarse por una solución que no cabe esperar que venga de la mano de la tecnología. Esa solución, o ha de ir encaminada a garantizar una vida digna para el mayor número de personas o nos abocará a un postcapitalismo fosilista neofeudal o ecofascista.

Localizado en occidente y sustentado en el petróleo, el impulso social y el instinto individualista que nos invade son una especie de extraña mutación del ser humano que aprovechó esa anomalía espacio-temporal de la época capitalista industrial y tecnológica para transmitirse. Sólo quienes consigan despertar a su propia naturaleza humana serán capaces de desarrollar la mejor de las tecnologías: el apoyo mutuo.


LA CAÍDA ANUNCIADA DEL CAPITALISMO FOSILISTA

Que la energía ni se crea ni se destruye y sólo se transforma no es ningún misterio, lo que pasa más desapercibido es que lo haga en la única dirección posible: de disponible a no disponible. Aquí se encierran dos leyes termodinámicas inviolables, tanto como la atracción gravitatoria. Es especialmente notorio cuando los límites naturales y los recursos físicos destinados a crecer ya se han sobrepasado, se trate de un organismo, una comunidad, un edificio, una empresa o nuestra civilización industrial tecnológica y su organización social ya en declive: el capitalismo fosilista.

Vivimos una época de tansiciones, incluso tenemos un ministerio para la transición ecológica, pero realmente veremos que no hay tiempo para transiciones justas. Hace unas décadas que debimos emprender ese derrotero y no lo hicimos. Las transiciones están sucediendo ya, pero se están produciendo en un contexto de desigualdades crecientes, sociedades individualistas dirigidas por poderosas élites que impulsan enfrentamientos, territorios carentes de autonomía dirigidos económica o culturalmente tan lejos de su tierra como de la relación ancestral con ella y entre sus habitantes, la mayoría son condicionantes que ya prácticamente no hay tiempo de detener. 

Capitalismo y energía en declive 

Hablando de nuestra civilización capitalista y su alimento cada vez más costoso, la energía, de la cual el 85% es fósil, en algún momento de 2006 se fraguó el colapso financiero de 2008 y el comienzo de la crisis de la que nuca vamos a salir, dado que nuestro sistema es un diseño de organización social creciente, siempre creciente. Los mercados colapsaron con la caída de Lehman Brothers y las subprime hace más de una década, entre otras cosas porque fue un par de años antes, en 2006, cuando alcanzamos el cenit del crudo, un producto milagroso, un regalo del planeta que no es sino energía solar fosilizada y cocida durante millones de años y devuelta a coste cero, una substancia a la que nunca mejor se le llamó oro negro. En el año 2010 brota como una desesperación el auge de las costosas nuevas técnicas de extracción de hidrocarburos no convencionales (arenas bituminosas, fracking, perforaciones oceánicas, en las que la inversión energética es tan alta que a veces iguala a la obtenida en el proceso) comenzó una nueva época de actividad ineconómica lubricada por la deuda, pero nunca ya se volvería a las situaciones elásticas previas a 2008. 

Figura 1. Relación entre el PIB (GDP) mundial en billones de dólares norteamericanos de 2010 y el consumo de energía en miles de millones de toneladas equivalentes de petróleo entre 1969 y 2013. Gail Tverg, Our Finite World 2015.

La demanda de energía se estanca porque la actividad económica no despega, y no lo hace precisamente porque no recibe la energía necesaria para crecer. La energía no es un servicio o una mercancía más sometida a las conocidas (hasta ahora) leyes de oferta y demanda, sino un precursor de la actividad económica. En 2010 entramos así en un bucle, o mejor dicho, en una espiral en la que los precios de las materias primas se volatilizan, pero cabe resaltar que en ese año más de la mitad de la humanidad comenzamos a vivir en ciudades; 2010 supone una nueva experiencia para la vida en el planeta. Las megaciudades nunca antes vistas en la historia, se convierten en las células estructurales de una urbanosfera que comienza a dar señales muy agudas de insostenibilidad, requieren ingentes cantidades de energía y recursos y generan tantos desechos que el planeta ya no los puede digerir. 

Entramos a vivir en la era de una deuda ecológica, económica, y de unos territorios contra otros, deudas de las que muchos de sus desenlaces posiblemente nunca veremos. En este camino vertiginoso hacia la complejización, globalización y jerarquización de las sociedades lo realmente sorprendente es que sólo hemos aprendido a quemar, lo que sea, madera, aceite de ballena, carbón, uranio o petróleo, pero el efecto sobre el PIB se considera todo un éxito a pesar de los efectos secundarios para la salud del planeta que habitamos y de nuestros propios cuerpos. 

Figura 2. La IEA, AIE en español (Agencia Internacional de la Energía, órgano asesor en esta materia de la OCDE de la que España es miembro) nos muestra cómo el crecimiento de la economía global y las emisiones de CO2 están estrechamente vinculadas y cómo desde 2010 hay un desajuste significativo. Nunca antes en la historia se había visto algo similar. Vemos también que hasta 2016 se produjo una leve caída en las emisiones globales, sin embargo en 2017 éstas aumentan y en 2018 se baten todos los récords históricos, alcanzando la concentración de CO2 en la atmósfera las 412 ppm. A pesar de ello la economía mundial está entrando en una fase de estancamiento. Cada vez quemamos más combustibles fósiles para extraer combustibles fósiles, no para revertir en el crecimiento de nuestras sociedades. IEA, Press Room 2017.

La OCDE a través de su órgano asesor en materia de energía, la Agencia Internacional de la Energía (AIE), nos advierte que ya no se puede crecer más, quizás con unas palabras más suaves pero apuntando que la era del crecimiento sostenido continuado se acabó, y se acabó para siempre. O lo que es lo mismo, el crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo ni bienestar, menos aún en las condiciones actuales. Sin embargo los gobiernos son sordos y ciegos a tales advertencias. España es miembro de la OCDE. El crecimiento sigue siendo santo y seña de toda opción política, sea de derechas o de lo que en occidente se denomina izquierdas. Cuando los crecimientos son mayores del 3 % se aplaude, un poco por debajo ya se aprueba, más por debajo supone una frustración para los responsables, sus consecuencias van desde un vuelco electoral hasta protestas generalizadas o el auge de las tendencias más extremistas. 

El PIB es nuestro termómetro favorito, su temperatura es un dogma de fe. Un país que como España creciese al 3% anual para asegurar la salida de la pobreza del 30% de su población en riesgo, con la creación de empleos dignos como dicen todas las tendencias políticas, debería multiplicar por 4,5 su economía y sus recursos en medio siglo (ver figura 1). Imaginemos un año 2069, si aún quedase un país llamado España, con 210 millones de habitantes a los que alimentar, una capital llamada Madrid que multiplicaría por 4,5 sus vuelos o movimientos de tren, o vehículos individuales, pongamos que con ayuda de cinco aeropuertos y más de una docena de estaciones, sustentaría a cerca de 20 millones de habitantes y debería garantizar el agua potable, el alimento y la limpieza del aire que respiran sus ciudadanos. El crecimiento exponencial infinito no sólo es absurdo, es imposible. 

Pero la realidad es que parece que nos vemos obligados a gastar mucha más energía que en las ya agotadas o con claros signos de declive de las históricamente dominantes extracciones convencionales para hacer que esos recursos energéticos puedan ser consumidos y reviertan en el desarrollo de las sociedades, es decir hay que quemar más y más (figura 2), y por lo tanto producir más y más desechos para obtener una energía neta bastante menor cada año (entre un 2% y un 4%). 

Y claro, para compensar esta carrera agotadora como la de la Reina Roja de Alicia en el País de las Maravillas, no sólo estamos extrayendo cada vez más, sino que al hacerlo con cada vez más dificultades de acceso, necesitamos quemar cada vez más. Por eso las tasas de retorno energético (TRE) caen desde la década de 1940 (Court y Fizaine 2017, figura 3) a la par que el consumo y los desechos aumentaban. Si hace un siglo con la energía de un barril equivalente de petróleo obteníamos cien de muy buena calidad, hoy apenas llegamos a quince, esa diferencia en la relación (TRE) es la que nos permitió el crecimiento nunca antes visto en la historia. Al siglo XX lo llamamos la gran aceleración y al regalo geológico que lo hizo posible “oro negro”. Los nuevos petróleos ligeros hacen que el diésel sea cada vez más costoso de conseguir y que un porcentaje altísimo de lo extraído se utilice para poder perforar, extraer, refinar y transportar; apenas queda una fracción que garantice ya el crecimiento de una civilización tecnológica e industrial como la que hemos conocido (ver figura 3). 

El transporte internacional que nació con el carbón (barcos y trenes de vapor), también cada vez más costoso y de peor calidad, hoy es otro componente de la sangre que alimenta nuestro capitalismo globalizado, de hecho a pesar de las indicaciones de la ONU y de la totalidad de los estudios relacionados con el problema de emisiones de gases de efecto invernaderos (GEI) el consumo de carbón ha vuelto a crecer, pero cada vez es de peor índole y proporciona menos energía a la par que más GEI. El transporte está en declive sí, pero no sólo por el problema del diésel o el carbón (indirectamente como electricidad), también el gas y el uranio sufren el efecto Reina Roja. No podemos crecer sin flujos crecientes de materiales geológicos que nos procuren energía abundante, barata, accesible y versátil. 

No, no hay negociación posible con el planeta, puesto que no hay sustituto similar a los fósiles a la vista. Electrificar una economía boyante y siempre creciente como exige nuestra organización social no va a ser posible con un modelo capitalista globalizado, centralista, jerárquico, machista… Podría hacerse una transición justa si el modelo es el opuesto: desglobalizado, descentralizado, desjerarquizado, ecológico (que es lo que se persigue), feminista. Pero los ritmos de implantación de las energías denominadas renovables no suplen el ritmo de caída de la tasa de retorno energético (TRE) global. Si para entonces hemos llegado a construir una nueva organización social capaz de crear prosperidad, trabajo y riqueza material e inmaterial en un contexto estacionario e incluso de decrecimiento económico, hablaremos de un éxito colectivo y nos felicitaremos, pero ya no es capitalismo, es otra cosa. 

Transiciones ecológicas y malas decisiones 

Sin embargo el mensaje no cala entre nuestros dirigentes, vemos que a nivel mundial, el largo plazo que estamos experimentando es el de agotamiento de los recursos, mientras las medidas tomadas para intentar atajar la inevitable e imparable crisis, siguen siendo medidas a corto plazo, pero además suponiendo que dichos recursos no sólo van a estar siempre presentes, sino que van a crecer al ritmo deseado y en algún momento la volatilidad y la incertidumbre van a desaparecer. 

Con este panorama no es de extrañar que las contradicciones imperen en las previsiones de la creación (o más bien pérdida) de riqueza, agudizando el problema por falta o negación de un diagnóstico científico e interdisciplinar. Se está apelando a una supuesta limpieza ambiental que ahora es el santo y seña de cada Gobierno, de cada partido político, de cada campaña electoral; ello conlleva la creación de leyes y ministerios para la transición ecológica (y la solidaridad en Francia) muy ineficientes, pero que sin embargo ya están en auge a pesar de una tozuda realidad termodinámica y geológica que no computa en las previsiones. 

En otras palabras, la disminución global de la TRE de los combustibles fósiles que son la sangre que alimenta el capitalismo y suponen el 86% de su existencia (Kummel 2011), es irreversible y supone la imposibilidad de crear riqueza social en un marco mercantilista, o lo que es lo mismo: la inevitable expansión dentro y fuera de las fronteras de los países desarrollados de más pobreza material. Algo que se está escapando a los marcadores e indicadores oficiales y no está siendo percibido por quienes toman las decisiones a pesar del aumento de las brechas sociales insostenibles y de personas desahuciadas, gentes sin techo, personas pobres energéticas, trabajadoras precarias, paradas de larga duración, excluidas, ancianas desatendidas... 

No podemos estar seguros al 100% de cuál será el desenlace final de las denominadas transiciones ecológicas que no llevan en su seno la voluntad de equidad o la ayuda mutua, o si ya es irreversible el auge de los fascismos (incluidos los ecofascismos), porque esta vez carecemos de precedentes. 

La dinámica conocida de oferta y demanda convencional a la que estábamos acostumbrados ya no va a regular ni precios ni disponibilidad de energía o minerales, y por lo tanto de toda la actividad económica global, desde el sector primario a los servicios más tecnológicos, pero lo que sí podemos saber con certeza es que la era del crecimiento económico ilimitado, el que es la característica definitoria del capitalismo financiero neoliberal, globalizado, fosilista, tal cual lo conocemos, ha terminado de verdad

Si no tomamos medidas técnicas adecuadas y sobre todo sociales, la expansión acelerada de la pobreza será el mayor quebradero de cabeza de nuestros dirigentes y de la propia sociedad en general. Por lo tanto la tarea urgente es reescribir la economía para adaptarla al mundo real que sigue evolucionando. Con ello al mismo tiempo estamos, rediseñando nuestros conceptos de valor y prosperidad, de ética y solidaridad; precisamente para reconstruir nuestras sociedades con miras a ir adaptándolas a esta extraordinaria era de transición en la que la pobreza a nuestro alrededor se va a convertir en una compañera habitual si no tomamos medidas urgentes, técnicas y sociales. 

Figura 3. La gran ola (Court y Fizaine 2017). La productividad total de los factores (PTF o TFP del inglés Total Factor Productivity) es la diferencia entre la tasa de crecimiento de la producción y la tasa ponderada de incremento de los factores (trabajo, capital, etc.). La PTF constituye una medida del efecto de las economías de escala, en que la producción total crece más que proporcionalmente al aumentar la cantidad de cada factor productivo. Existe una correlación entre la PTF y la eficiencia de conversión de la energía. El nivel más alto de productividad se alcanzó alrededor de la década de 1930, y desde entonces con cada revolución industrial ha disminuido: IR1: revolución industrial del carbón. IR2: segunda revolución industrial impulsada por el motor eléctrico y el motor de combustión interna. IR3: tercera revolución informática y tecnológica en la era de la comunicación; en su esbeltez se observa el rápido aumento y disminución de la productividad de la última gran revolución en innovación tecnológica. Cada una de estas eras supuso un incremento exponencial del uso de energía. El período de disminución de la gran ola (The Great Wave), tras la segunda guerra mundial también corresponde aproximadamente a la era de las TRE posteriores al pico de los combustibles fósiles totales identificados por Court y Fizaine en 2017.

¿Soluciones técnicas o humanas? El apoyo mutuo 

El colapso del capitalismo global basado en la abundancia de combustible fósil accesible y barato ya está aquí dando sus primeros coletazos. La economía circular que nos acompañó el 96% de nuestra historia ha vivido una anomalía con una ruptura favorecida por la entrada de energía no renovable en la producción y en la cotidianeidad, y lo ha hecho por primera vez, pero tan sólo 200 de los 5000 años de historia (escrita) de nuestras relaciones entre nosotros y nuestro entorno. Pero toda anomalía por definición tiene un fin. Así que lo inmediato para quien afirma algo como lo mostrado es preguntarle por alguna solución. Éstas vendrán de diferentes ámbitos, pero quien crea que la tecnología (irremisiblemente consumidora de energía) va a aportar el grueso a dichas soluciones está muy equivocado. Aquí entran en juego todas las relaciones sociales, humanas y el diseño del entorno urbano y rural, obviamente también la tecnología. 

Este artículo no es una profundización en las claves de un nuevo urbanismo, la optimización y electrificación del transporte, la agricultura ecológica o el comercio de cercanía; lo que se pretende mostrar es que las soluciones encaminadas a garantizar una vida digna para el mayor número de personas es que lo que sea que venga tras el postcapitalismo fosilista, tendrá una mayoritaria componente ética y humana o las sociedades se verán abocadas a algún tipo de sociedad neofeudal o ecofascista. 

Como apuntamos más arriba no hay “una solución técnica” para seguir viviendo en esta anomalía histórica, más allá de la sustitución puntual y que puede derivar en soluciones elitistas o ecofascistas, porque los ritmos de implantación de las tecnologías renovables -que en cierta manera nos devuelven a la economía circular- son menores a los de la pérdida de TRE de los fósiles. La alarma ecológica por tanto nos obliga a racionalizar consumo y producción y la alarma social nos obliga a intentar hacer viable la continuidad de la vida humana civilizada. El mensaje de la contención y de un decrecimiento sin negociación posible es indigesto, impopular, parece una broma de mal gusto para una sociedad adicta a la opulencia, al individualismo, productos asimismo anómalos de una pequeña época anómala donde más de la mitad de la humanidad vive en la más absoluta miseria. 

Metafóricamente hablando, el pasado cultural se lleva en los genes y quienes sean capaces de despertar a su propia naturaleza humana serán capaces de desarrollar la mejor de las tecnologías: el apoyo mutuo. Así que hay millones de razones para saber que quienes antes lo desplieguen están avalados por las observaciones científicas libres de prejuicios, y sobre todo por millones de años de evolución. Con el declive de los recursos, en especial energéticos fósiles, muchas comunidades locales sabrán hacer frente a un reequilibrio tanto de materia como de energía de manera colaborativa, pero con un conocimiento y una relación circular con su territorio, no dependiendo de los recursos de otros y menos aún apropiándose de ellos por la fuerza militar. 

Las grandes infraestructuras de las épocas de la borrachera constructiva apuntaladas por el petróleo barato y accesible no tendrán otra utilidad que la achacable al patrimonio histórico, el reguero de autopistas sin coches, aeropuertos sin aviones, embalses llenos de aire, polideportivos sin deportistas, hospitales sin médicos que dejamos poco a poco serán el recuerdo y la lección de nuestro innecesario derroche y el símbolo de la avaricia y ceguera de unos pocos. Así, con una innegociable vuelta a la economía circular de siempre, y acompañada por las nuevas tecnologías, parece que los sujetos realmente individualistas no tendrán cabida por una simple inadaptación a un medio basado en la colaboración que les es adverso; la propia selección natural hará con ellos un lógico cribado. Pero no creamos que ese cribado será una transición amable, pacífica, de color de rosa. El individualismo acumula un poder proporcional a la energía de que dispuso desde la gran aceleración y ha demostrado históricamente que la violencia también es su alimento. 

No sabemos aún con total certeza cómo se transmiten ciertas disposiciones individuales y colectivas ante la vida. Sí sabemos no obstante, que hay una parte genética y otra social que vehiculan gestos, expresiones, órdenes, ingenios, aptitudes… El impulso social e instinto individualista que se transmite o expresa a través de las personas y organizaciones individualistas, aprovechó y aprovecharon una anomalía simultánea en el tiempo y en el espacio en la época capitalista industrial y tecnológica para transmitirse, aquí podríamos asemejarlo al esparcimiento de esporas de algunas especies oportunistas, los combustibles fósiles como flor de un día. Pero nunca se llegaron a imponer ad aeternum, nunca se transmitieron solas; fueron una especie de extraña mutación temporal con tasas de éxito importantes ligadas a un área y una cosmovisión muy localizadas: occidente y el petróleo. 

Como esta transición con su desglobalización, descentralización, desjerarquización y descomplejización de todo resquicio de la organización social se va a hacer sin opción a no hacerla, vamos a intentar tener un buen diagnóstico de la situación para planificar un futuro brillante y no pegar una frenada cuando ya hayamos sobrepasado la última línea del precipicio. Nuestro futuro puede ser brillante sí, pero lo será con menos dependencia de los combustibles fósiles, con más inteligencia y abnegación, con muchos más lazos prácticos, afectivos y más recursos espirituales, históricos y locales.


LA CRUDA REALIDAD. UN DOCUMENTAL DE AITOR IRUZKIETA