Queridas y queridos lectores, en lo que va de 2026 se han producido unos cuantos terremotos que han saltado a la actualidad por su peculiaridad geofísica. Desde el enjambre sísmico vivido en la Sierra de Grazalema en febrero de este año, con una componente hidrosísmica que no pudo pasar desapercibida como vimos entonces, hasta la serie sísmica de Alhendín (Granada), donde ya se han producido más de 1690 temblores, de los cuales unos 130 han sido sentidos por la población, con dos de ellos, el 14 y 18 de agosto, ambos Mw4,8, con daños de intensidad V-VI y algún paralelismo con lo sucedido alrededor de la ciudad andaluza en enero de 2021.
Durante el verano, vivimos el terremoto doble de Venezuela, también los de Colombia, Indonesia, Filipinas, Japón, Perú, México, etc., y el muy significativo y moderado evento M5,2 de Nepal asociado al movimiento de una enorme y densa masa de tierra, hielo y agua que destruyó poblaciones enteras (cerca de 1500 víctimas mortales y más de 5000 desaparecidos), presas, carreteras, infraestructuras y cambió completamente la morfología de la zona afectada.
La pregunta clave en las entrevistas que nos hacen a los geólogos es por qué se producen tantos terremotos y si hay un aumento de la sismicidad. Y la respuesta es que no. No hay aparentemente más sismicidad como la que hemos conocido de manera tradicional, sino que tanto ésta como nuestra percepción de ella están cambiando y las actividades humanas tienen mucho que ver en los fenómenos intraplaca (dentro de las placas y no en las zonas de convergencia de dos de ellas).
El estrés climático no es solo biológico o social, también es geológico
Como indicamos tras la DANA de Valencia, la velocidad del cambio climático actual solo tiene precedentes en lo relativo a cataclismos, los anteriores cambio duraron miles de años para subidas o bajadas de la temperatura y que mutaran los patrones y dinámicas atmosféricas y geológicas. Actualmente desaparecen especies, ecosistemas e incluso sociedades humanas obligadas a emigrar con ritmos comparables a las cinco extinciones que precedieron a la aparición del homo sapiens. Pero entonces no existíamos. Ahora lo estamos estudiando en directo.
En poco más de un siglo, la quema de millones y millones de toneladas de hidrocarburos (luz solar atrapada y fosilizada por la vida que se fabricó durante cientos de millones de años y ahora quemamos al ritmo de unos dos millones de años de ese trabajo de la tectónica, cada año) ha conseguido invertir una probable situación de enfriamiento hacia un calentamiento que ya roza los 2ºC con respecto a la era preindustrial. Esto ha llevado a un estrés biológico y social que se puede calibrar por el hecho de haber cruzado siete de los nueve límites que garantizan la vida humana "civilizada". La naturaleza responde de muchas maneras, pero su herramienta habitual para adaptarse, el fuego, es ahora más significativa, especialmente en latitudes medias como el área mediterránea.
Los perfiles fluviales, las ramblas e incluso glaciares, lagos y otras masas de agua están adaptándose a nuevos contextos que ya no son los estacionales o cíclicos que determinaron, de una manera más o menos estable, su dinámica. Se trata, al fin y al cabo, de una interacción entre la atmósfera, la hidrosfera y la corteza. Está bien contrastado que mucho ríos europeos están viviendo un estrés sin precedentes, demasiadas obras hidráulicas, infraestructuras de refrigeración, regadío y un clima que ya no conocen, les lleva a disminuir su caudal, a desaparecer e incluso a cambiar de curso, algo que se ha vivido en los grandes ríos de Europa en el verano de 2022 y especialmente este 2026.
La corteza vive su propia adaptación
Aun siendo rápido el último cambio climático del Holoceno, hace 12.000 años con una subida de unos 6ºC, la dinámica cortical, la hídrica, la vida y las primeras sociedades humanas se adaptaron con intervalos de tiempo no solo suficientes, sino localmente muy favorables a nuevas circunstancias y condiciones climáticas que han permanecido más o menos estables. Ciertos cambios genéticos, la selección y la cooperación entre especies fueron claves en el proceso adaptativo y el éxito de ciertas especes, en especial la humana.
La fascinante cifra de 52 millones de kilómetros cúbicos de agua, que previamente eran hielo, fue redistribuida por todo el planeta. El nivel del mar subió unos 130 m. Ello produjo una sismicidad por relajación que aún continúa en Norteamérica o Escandinavia con elevaciones de la corteza de más de 300 m por la relajación de unos 3 km de capa de hielo. Cambiaron los perfiles de cuencas, ríos y taludes submarinos con grandes deslizamientos y tsunamis. Islandia explotó en un vulcanismo que permanecía sellado bajo el hielo como el tapón. La Revolución Francesa ofrece muchas pistas...
Hoy la corteza vive su propia adaptación a la acelerada velocidad de cambio impuesta por el calentamiento global. Cuanto más aumentan las temperaturas, más capacidad de albergar vapor de agua posee la atmósfera, de media un 7% más con cada grado, aunque en escalas de tiempo de una o varias horas se han observado porcentajes muchos mayores como en el episodio de la DANA de Valencia de 2024, donde las acumulaciones de precipitación en periodos de tiempo entre una y seis horas batieron récords. Hablamos de miles de millones de toneladas de agua en suspensión. Las cada vez más frecuentes precipitacones históricas alteran la estabilidad cortical más externa, y agitan la tierra en zonas propensas a la sismicidad, tal y como vimos en la Sierra de El Perdón y en la Loma de Úbeda en 2013 o en Grazalema en 2026.
Pero también las sequías más severas y prolongadas interfieren por deshidratación en la estabilidad cortical. El acelerado calentamiento está modificando progresivamente el glaciarismo de alta montaña y secando la corteza. El retroceso de los glaciares alpinos, pirenaicos o del Himalaya, como vimos en la reciente catástrofe de Nepal, y la degradación del permafrost abren y modifican vías de agua, permitiendo saturar y lubricar zonas de falla que anteriormente estaban menos conectadas con la superficie. Según el estudio Climate-change-induced seismicity: The recent onset of seasonal microseismicity at the Grandes Jorasses, Mont Blanc Massif, France/Italy (Verena, S. et al. 2025): “Ahora tenemos una primera evidencia observacional de que el retroceso de la criosfera provocado por el cambio climático puede aumentar los peligros sísmicos en los Alpes”.
En este trabajo se revela además, un importante componente de sismicidad migratoria que afecta especialmente a los terremotos más grandes. Aunque inicialmente se desencadena por el agua de deshielo estacional, esta componente se expande principalmente a través de un mecanismo tectónico asísmico, como una mancha de aceite y como la sismicidad migratoria inducida por embalses, minería o inyecciones de la industria petrolífera. No está relacionado directamente con las formas de sismicidad conocidas en áreas de convergencia, sino que el incremento, desplazamiento o cambio observado en la sismicidad después de las sequías prolongadas, especialmente desde 2015, se da en áreas intraplaca donde no hay fallas cartografiadas.
Cómo cambia nuestra percepción y el fenómeno sísmico
Las teorías científicas dominantes hoy sobre las causas de los sucesos sísmicos, volcánicos y tectónicos se han concebido como si el movimiento espacial de la materia mineral fuera el único acontecimiento a tener en cuenta. No es de extrañar que ninguna de las teorías, hasta ahora, haya resultado realmente satisfactoria incluso para el pensamiento de orientación más mecanicista. Antes del gran terremoto de Lisboa de 1755, de momento el más enérgico, dañino y también un revulsivo que cambió la historia de Europa tanto como la mentalidad, el fenómeno sísmico se debía a un castigo divino.
Durante los estudios arqueológicos e históricos en la Catedral de Pamplona quedaba manifiesta la vergüenza que suponía ante los otros reinos haber vivido un terremoto, consecuencia de vicios y pecados, por lo que eran tachados y eliminados de los escritos antiguos como también vimos en Sangüesa al estudiar la sismicidad histórica ante las obras del embalse de Yesa. De esa manera quedó subestimada la actividad sísmica del pasado en muchas regiones europeas, y especialmente en Navarra simplemente cambió el dios, del Todopoderoso al lucro de las empresas constructoras, como explicamos en su momento.
Tras el terremoto de Lisboa y el descubrimiento de la electricidad, los siglos XVIII y XIX se caracterizan por todo tipo de explicaciones eléctricas. La Península Ibérica se llenó de paratemblores metálicos mirando hacia el Atlántico por si algo como lo de Lisboa podría volver a suceder.
A partir, sobre todo, de los trabajos de los naturalistas alemanes y de las obras de Julio Verne, el fuego interno era el responsable, algo que entra de lleno incluso en la era científica, en el siglo XX y pudimos estudiar también con motivo del terremoto de Pamplona del 10 de marzo de 1903. Muchas localidades, como en Granada, vieron hacer pozos enormes para que se disipase el calor interior y así evitar la desgracia.
Con el desarrollo de la Deriva continental de Alfred Wegener y de la Tectónica de Placas, la explicación de cómo se producen los fenómenos sísmicos y volcánicos adquirió una nueva dimensión y se pudo avanzar en la prevención, especialmente en áreas propensas. Pero esto es muy reciente en nuestra historia. Apenas medio siglo después, estamos descubriendo que nuestras actividades industriales y la dinámica hídrica juegan un papel importante en la recurrencia de fenómenos sísmicos. La investigación no solo geológica, sino también geohistórica y social libre de prejuicios es, por tanto, trascendental para afrontar un futuro exitoso ante el impacto sísmico. Ese fue el cometido de mi trabajo de décadas de estudio e investigación resumidos en Geología y Ciudad.
La geología y la cultura se relacionan con la personalidad de cada pueblo, cada barrio, su folclore, sus leyendas, las historias que contaban los viejos, sus refranes..., y sobre todo su modo de vida, el que muchas veces se vio impactado por el fenómeno sísmico. Algunas comunidades que no le dieron importancia, quedaron afectadas por años, por décadas, a veces para siempre. Otras, tras sufrir los terribles impactos supieron aprovechar esa peculiaridad para poner en valor sus territorios y compartir sus experiencias con los demás. En ello estamos.
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